24 oct. 2011

Quiero pero no puedo


 Muchos jóvenes creen que ser militar les puede solucionar la vida. Pero una vez entrado, la realidad es completamente distinta. Cumplen órdenes de sus superiores, muchas de ellas perversas y depravadas. Cuando les toca vigilar la frontera entre China y Corea del Norte, sus ojos tienen que estar completamente pendientes de los movimientos de la gente. Si detectan a una mujer intentando cruzar el río Tumen con un bebé en sus brazos, no tiene más remedio que avisar a sus compañeros, capturarla y llevarla a un campo de concentración. Una vez hecho el trabajo, su superior le sonríe y le dice: "Buen trabajo, sigue así!". Poco a poco, la semilla del mal se cuela en su cuerpo y seguirá haciéndolo más veces. 

 La vida de estos soldados principiantes es muy dura y solitaria. Durante esas largas e insoportables días de invierno, a ellos les toca vigilar. Hay días que no quieren levantarse de la cama. No tienen ganas. No es por pereza sino por falta de potencia que tienen los jóvenes al no alimentarse durante varios días. Ya tenían que recibir los alimentos hace tiempo pero no hay noticias. Mientas tanto, sigue habiendo gente que cruza la frontera para vivir. Algunas veces miran a ellos y piensan: "Yo también quiero ir con vosotros, pero no puedo. Mi deber es avisar a mis superiores para que os arresten". Mientras los residentes norcoreanos cruzan la frontera, ellos afrontan su particular frontera entre el bien y el mal. Si hablas y disparas, la gente muere. Si no hablas y no haces nada, la gente vive. 
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