4 feb. 2013

Historias (Parte 2: El régimen abandona a su esposo)


 Ella, una mujer de unos treinta años, está desesperada. La distribución alimentaria que facilita el régimen norcoreano no la llamaba a su puerta desde hace meses y su familia depende de los ingresos de su esposo que se levanta cada mañana con su vehículo de tres ruedas para comenzar el día como repartidor a tiempo parcial. Durante las horas restantes, arregla relojes de vecinos a cambio de pequeñas cantidades de monedas. Ella estaría dispuesta a ayudar a su marido pero los recuerdos sobre su hija que murió a causa de una neumonía la impiden salir a la calle. Murmura: "Si aquel entonces, tuviera yo sólo un poquito más de dinero y de medicamento, mi hija no hubiera muerto tan joven..."

 A veces, reflexiona con ella misma si su mundo, basado en inculcar el socialismo en todo el territorio de Corea del Norte, es realmente un paraíso. Ella siente antipatía hacia el régimen. Además de su hija, vio morir a amigos y vecinos suyos en sus domicilios. Su esposo había trabajado en la minería y en diversos sectores de la industria pesada hasta que un día sufrió un accidente que le obligó a amputar una de sus piernas. "Su cara ha cambiado mucho desde aquel entonces. Está más oscuro. Algunos se refugiarían en el alcohol o en la violencia para manifestar su malestar. Pero él no es así. Creo que también siente hostilidad hacia los que mandan este país, pero no quiere vernos sufriendo de hambre. Por eso, se va a trabajar cada día. Es un buen hombre y le seguiré queriendo hasta el final de nuestras vidas". 
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