18 sept. 2011

Conversaciones con mi padre (Primera Parte: sus primeros momentos)


 Antes, nunca había tenido una conversación tan íntima y personal con mi padre, aquel hombre que hace pocos años había superado la barrera de los sesenta años. Mi padre, ese hombre tímido y poco hablador empezó a contarme de sus recuerdos más hondos ya que los coreanos, sean del sur o del norte, habían sido testigos directos de la Guerra de Corea (1950-1953). Cuando la guerra ocurrió, el aún tenía 12 meses de vida. Pero recuerda perfectamente lo que dijo su madre. Cuando empezó los bombardeos por la madrugada, su madre, sus amigas y sus vecinas amarraron a sus hijos con una sábana en la espalda, empezaron a coger sus pocas pertenencias y corrieron sin parar hacia sitios que ellas mismas tampoco lo sabían. Para ellas, ir detrás de los forasteros hacia una dirección incierta era la única salvación. Durante esos años, tuvieron que vivir en distintos sitios y conocer a personas con la misma situación. 

 Poco después del armisticio pactado entre ambos países, vio por sus propios ojos como la ciudad de Seúl estaba totalmente destrozada. Su casa donde nació se había convertido en un escombro y su madre, en vez de estar triste, cogió todas las herramientas y materiales posibles para intentar reconstruirlo. Toda la familia ayudó a reconstruir la casa y así, sus vidas. Aquel entonces, muchos niños no podían ir a la escuela o comer dos o tres veces al día. Mi padre me dijo que se sintió muy afortunado de recibir una educación. Al final, pudo ir a la universidad y estudiar lo que más quería: la ingeniería. En medio de la conversación, vi en el rostro de mi padre como se escapaba una lágrima. Quizá nunca había contado su propia historia a nadie, ni siquiera a sus mejores amigos. Era la primera vez que veía a mi padre llorar.
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