30 oct. 2013

Otra vez los disparos...


 Seguramente él, sus fervientes asistentes y sus cónyuges lo verán cada noche. Se reirán, llorarán e incluso exclamarán entre ellos lo bien que se ha elaborado aquellas series surcoreanas. Todo esto ocurriría en la esfera privada. Ahora toca vestir el uniforme militar de color marrón claro acompañados de medallas incontables y méritos que fue resultado de amiguismo que de sus labores con el pueblo. En algunos barrios de Pyongyang, algunas mujeres se atreven a vestir como en aquellas series. Están contagiadas por el boom. Entonces se acerca un guardia y le da un toque de atención para que no vaya así. Pero aquí ocurre algo raro. El hombre habla con el acento de Seúl. Trata de disimular pero ya es muy tarde. Al ser pillado, no tiene más remedio que dejarlas en paz.

 A las afueras de la capital, dos hombres acaban de ser condenados a muerte por las autoridades locales por importar clandestinamente DVDs de series de más éxito en Corea del Sur. Para ellos, la "basura capitalista" debe de ser eliminada en el territorio norcoreano. Para demostrar su postura extremada a la gente, han cogido a dos inocentes y lo van a matar delante de cientos de personas. Empiezan a temblar que haya disparos otra vez cuando durante largos meses parecía que jamás iban a oírla. Pero la expansión de aquellos discos no parará. La demanda es enorme y las historias personales y los amoríos siguen obsesionando a los incondicionales. Sin límites de edad, de género o de clases sociales. 
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