8 mar. 2012

Las amistades y sus consecuencias


 Las amistades complacientes entre Rusia y Corea del Norte seguían siendo tolerables a pesar de la caída de la Unión Soviética a principios de los años noventa aunque la relación tan afable que mantuvieron antes del fin de la Guerra Fría decayó lentamente. Cuando el lloroso Vladimir Putin proclamó su victoria electoral en medio de las duras acusaciones por la dudosa transparencia del transcurso de las votaciones en las mesas electorales del país, me entró una gran inquietud por su historial de cierta pasividad en el asunto de protección de derechos humanos hacia los norcoreanos que escaparon de las duras condiciones de trabajo en la zona de Tynda (situada al sudeste de Rusia, ciudad cercana con China y Mongolia) cuando fue el presidente de Rusia entre 2000 y 2008. Su intención de llevar relación de forma bondadosa con ambas Coreas ha resultado ser un previsible decepción siendo criticado por algunas de las organizaciones de derechos humanos de diversos países y haciendo oídos sordos a mínimas peticiones de dignidad de los desertores norcoreanos que cruzaban las frías tierras siberianas sin poder aprender de manera fugaz el ruso y sus caracteres cirílicos.


 En 1967, la Unión Soviética y Corea del Norte firmaron un acuerdo forestal con el fin de fortificar la relación  económica entre ambos países. Muchos, todos hombres, habían escuchado el anuncio que expandió en todo el territorio norcoreano que convocaban trabajadores para ser destinados en la pequeña ciudad de Tynda. Recibir cien veces más del sueldo común en Corea del Norte era una oferta demasiado sugerente que los primeros 3,500 lo aceptaron sin ninguna duda. Hasta los años noventa, el régimen norcoreano consiguió recaudar casi cien millones de dólares con el infinito sudor de sus leales trabajadores. El lado desconocido de este acuerdo se dividían en consecuencias desastrosas para todos aquellos que fueron a las tierras rusas con ganas de ganar dinero y dar una alegría a sus familias: muchos no pudieron aguantar el ritmo de trabajo asfixiante y no tuvieron más remedio que escapar a otras zonas de Rusia, muchos murieron aplastados por los enormes troncos de árboles al carecer totalmente de seguridad laboral y también por el descomunal frío de Siberia al no tener vestimentas adecuadas. Los salarios prometidos no llegaban en sus bolsillos y muchos se sentían traicionados por el régimen que tanto les apoyó para que fueran a trabajar durante horas inacabables.

 Sin identidad y sin ayuda alguna, muchos de aquellos que fueron a Rusia querrían volver a Corea del Norte sólo para ver a sus familiares pero al escaparse fueron considerados "traidores de la patria" que una carta llena de expresiones afectuosas jamás podrá llegar a su destinatario final. Algunos por el camino habrán muerto sin ser reconocido por los nativos y tapado por la nieve en el infierno blanco. Otros habrán aprendido ruso compartiendo pupitre con los niños y habrán comenzado nuevas vidas, nuevos cónyuges estableciéndose en principales ciudades del país.

 Nota: Kim Jong Eun expresó en su carta de felicitación a Vladimir Putin instaurar una "nueva etapa" abierta y amigable entre ambos países. 



Uno de los campamentos norcoreanos establecidos en Tynda, Rusia con el acuerdo forestal del 1967
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