31 ago. 2012

La vida no se puede pagar con las cosas


 En la provincia de Hamkyung-Norte, un obrero llamado Kim perdió su vida al intentar ayudar a las de dos de sus compañeros de la obra. Era un padre de dos hijos pequeños y esposo de una mujer que esperaba todos los días en la puerta a la hora de su llegada. Presenció que sus compañeros se hundían en el barro y saltó de forma inmediata para ayudarles. Consiguió sacar por la fuerza a uno de ellos pero la gravedad de la succión del barro era tan fuerte que fueron enterrados sin que nadie pudiera hacer algo. Su corta vida acababa de terminar y sus compañeros, contritos del accidente.

 Esta noticia también llegó a los oídos del régimen que el recién ascendido Kim Jong-Eun ordenó que regalara un aparato de televisión usado, veinte kilos de arroz y cincuenta mil wons por su valentía y demostrar un acto de ejemplo salvando la vida a uno de sus compañeros. Comparando con la desaparición de Kim, aquella cantidad era sumamente inferior para la exigua mujer que a partir de aquel momento tenía que enfrentar la vida con sus propias fuerzas. Muchas lenguas maldecían al régimen silenciosamente: "¿Acaso la vida de Kim vale solo esas cosas que dieron?", "No saben que la vida es algo impagable e intentan dar una imagen de generosidad para luego lavarse las manos...que pena". 

 Los cuchicheos críticos pero invisibles acribillan sensatamente al nuevo líder del régimen norcoreano. En el pueblo donde trabajaba el señor Kim empiezan a estar decepcionados con la largueza insultante del régimen. Se dicen: "Y si yo muero, ¿mi vida equivaldrá solamente un par de kilos de arroz, un aparato que funciona mediocremente y billetes arrugados hasta saciar?". Están exasperados y maldicen: "Para ellos, nosotros somos peor que los animales". Sus manos empiezan a pulirse para hacer algunas pintadas críticas aunque puedan ser castigados a ser despegadas del resto del cuerpo. 
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