15 ago. 2011

Las dos historias de los soldados


  Un matrimonio se levanta por la madrugada para ir a trabajar, abren el armario para vestirse y descubren que en aquel armario no está el jarrón que les regaló la abuela como regalo de boda. Aquel jarrón, de color jade y de tamaño medio, ha desaparecido. El matrimonio busca su tesoro más estimable por todos los sitios pero el jarrón no aparece. Pasan horas y horas buscándolo. Por la cocina o por el patio. ¿No habrán sido los niños con sus alocadas travesuras? Piensan que no. Son demasiados pequeños para hacer ese semejante acto. ¿Y no habrá sido el perro que siempre suele romper cosas? No. Sería incapaz de abrir la puerta del armario y morderlo. 

 Ese día no fueron a trabajar y pasaron todo el día buscándolo. Era la última alternativa para ellos en caso de que perdieran el trabajo y se quedaran sin comida. Pero aquel objeto desapareció y su mundo se les echó encima. El matrimonio preguntó: ¿Entonces quién habrá sido el ladrón? ¿Qué hacemos ahora en caso de perder nuestros trabajos? Pensando un buen rato dijeron: ¿Y no habrán sido los soldados? ¿No lo habrán llevado ellos? Poder podía ser. Cualquier soldado en Corea del Norte tiene el pleno “derecho” de entrar en las casas y coger objetos “por el bien de la sociedad perfecta”. Al final han concluido que podrían ser los soldados quienes han cogido el jarrón.

 Los habitantes no pueden salir por las calles a partir de la medianoche por el toque de queda y sienten pánico de los soldados. Aquellos vigilantes sembraban y siguen extendiendo miedo entre la población norcoreana en cualquier sitio, sean en ciudades o en pequeñas aldeas. Aunque les hayan robado algún objeto en sus casas, la gente no puede decir a los soldados que les devolviera sus cosas ya que eso sería faltar la obediencia a los “trabajadores leales” del régimen. En ese caso, podría ser acusado de traición y ser encarcelado. Pero detrás de aquellos rostros que emiten seriedad y de dudosa perfección, se esconden historias de la mayoría de los soldados que no reciben ayuda suficiente (sea compensación económica o alimentos básicos) del régimen y que pasan el día hambrientos y exhaustos. La desnutrición es tan severa que la altura máxima para entrar al ejército ha bajado de 1,45 metros a 1,40 metros. Y siguen recibiendo instrucciones de los altos cargos, muchas veces no éticas, aprendiendo a usar los Kalashnikovs a su manera y ser tratados como juguetes rotos. 
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