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23 mar 2012

Otra vez, las drogas


 Es inevitable mencionar la necesidad de cometer delitos como el narcotráfico para sobrevivir por parte de los obreros norcoreanos en amplias tierras forasteras. Se desconoce plenamente si fueron obligados a fabricar de forma casera estupefacientes por sus jefes o si se elaboraron por voluntad propia para generar ingresos. Aunque esta actividad no puede ser contada dentro del territorio norcoreano, aquella detención de varios traficantes que realizaban sus actividades ilegales en Rusia hizo disparar silenciosamente la noticia que los habitantes residentes por el norte del país habrán oído alguna vez.

 Cuando se escuchó la noticia, muchos (fabricantes caseros de drogas) no han dudado en ser destinados a Rusia para realizar ahí sus actividades. Al crecer la demanda repentinamente, muchos han utilizado el soborno para ser los primeros de la lista de destinados a los campamentos. Por cada gramo de droga, un traficante recibía 900 rublos (unos 30 dólares) y los clientes, en su mayoría, son adultos rusos que viven en Tynda y óblasts vecinas. Las drogas, además de ser vendidas a terceras personas, también se utilizan para el consumo propio. Muchos quienes estuvieron ahí dicen: "Consumir esto te hace olvidar del hambre, del frío y del cansancio. Te alucinas e imaginas tu mundo particular". 


 La nefasta parte de las drogas es que existen personas (obreras en su mayoría, pero también hubo casos de jefes) que con el consumo sucesivo pero exagerado de la droga hace que acumulen deudas que no pueden pagar y deciden quitarse la vida. Cuando el momento de la lamentación es demasiado tardío, sus mentes empiezan a avanzar al pesimismo más absoluto y sus cuerpos, ya descarnadas por sustancias placenteras equívocas, no le responden y como último deseo, piden al cielo que cuiden a sus familias y agonizan despaciosamente por voluntad personal.

 Nota: Una parte de estas drogas producidas es vendida por los grupos chinos y rusos que dedican al narcotráfico para luego vender a la población civil. 

19 mar 2012

Los que están en Tynda


 Cuando la "crisis del rublo" golpeó de manera monumental la economía rusa durante los mediados de los años noventa, los que dependían de la exportación de materias primas como el petróleo, el gas natural, los metales o la madera eran los sectores más perjudicados. Este declive económico también afectó severamente a los que trabajaban en los campamentos de Tynda y, al carecer del registro reiterativo de los taladores norcoreanos por parte de los "guardianes" del régimen, muchos fueron quienes aprovecharon de esta confusión y consiguieron escapar primeramente a la ciudad de Tynda. Se calcula que aproximadamente fueron unas ochocientas personas. 

 En una pequeña ciudad rusa donde el número de los habitantes no pasaba los cincuenta mil, la avalancha de los necesitados norcoreanos ha sorprendido a la mayoría de los nativos. Muchos pensaban, ¿de dónde habrán salido estas personas? Estos agotados y ávidos pedían ayuda. Los gestos faciales con sus dientes debilitados y las manos moviendo manifestaban socorro y un techo donde refugiarse. La incomprensión del ruso era el gran obstáculo para ellos pero prontamente pudieron adaptarse a la sociedad rusa. Sacaban algunos rublos con el transporte de leñas o hacían pequeños arreglos manuales tocando la puerta de cada apartamento. A la inmensa mayoría le gustaba el trato agradable de la gente y han decidido quedarse ahí. Otros han sentido inseguridad y han emigrado a otras ciudades rusas. 

 También existen obreros que de manera provisional han pedido permiso a sus jefes norcoreanos para ir a Tynda y regresar al campamento a cabo de uno o dos años cuando la mejoría de la situación económica en Rusia ha sido notable. Con el dinero ganado, sobornan a sus jefes, compran su silencio, maldicen callado y salen para siempre de aquel infierno que tanto sufrimiento hizo vivir aunque percatan el alto precio de no ver a su familia eternamente hasta que semanas después darán cuenta que pueden hacer una llamada a sus familiares y coger nerviosos el teléfono del locutorio cercano. 

12 mar 2012

Los esclavos presentes


 Para los estudiosos de la sociedad norcoreana, los miles de jóvenes y adultos que talan árboles del inmenso bosque siberiano son considerados como los esclavos desconocidos del presente siglo. Sólo descansan dos días al año: durante los días de nacimiento de sus extintos líderes. El factor climatológico asfixiante, la fatiga constante y el escasísimo ingreso económico no son motivos de protesta y sus quehaceres bien hechos son felicitados por sus indirectos jefes rusos. "Nunca he visto en mi vida unos trabajadores tan infatigables como ellos" dice. Aunque son congratulados por sus superiores oblicuos son tratados como ignorantes por jefes nombrados por el régimen y golpea con la hacha contra el tronco del árbol tragándose sus propias lágrimas. 

 Aunque seis mil rublos (unos doscientos dólares) pueda ser una cantidad abundante para los norcoreanos animados, los gastos en el alquiler de la habitación del campamento y en alimentos hace que las sobras económicas sean minúsculas y que no pueda comprar vestimentas especializadas para aguantar frías temporadas en Tynda (temperaturas hasta cuarenta bajo cero). Mientras en el bolsillo del régimen entra cada año unos siete millones de dólares por el acuerdo establecido, los laboriosos, desde hace algunos meses no perciben su correspondiente salario por doce horas de trabajo diario.

 "Puedo aguantar doce horas seguidas talando árboles incluso con hambre, pero lo que no puedo aguantar es el frío. Hace muchísimo más frío que en Corea del Norte. Nunca he sentido una cosa así" dicen los taladores. Los accidentes son frecuentes. Cuando le cae repentinamente un enorme tronco por encima de su cuerpo, su corta vida había llegado a su fin. El cadáver no puede estar al lado de sus familiares porque dicen que hay que ahorrar y llevar el cuerpo hasta Corea del Norte supone un enorme gasto. Mientras tanto, el régimen celebra el ingreso millonario con botellas de coñac francés... Algunos huyeron de aquel campamento. Unos lograron y otros no. Los malogrados fueron apaleados hasta quedarse inválidos  por los jefes ebrios de vodka.

 En la otra gran cárcel norcoreana situada en el óblast de Amur, no está garantizada la entrada. Solamente algunos vendedores ambulantes de nacionalidad rusa habrán podido entrar ahí desconociendo que solamente a sus pocos metros hacia la derecha duermen trabajadores exhaustos pero que en la palma de sus manos estriadas están la foto de su mujer, de su madre, de sus hijos y la carta que le escribieron antes de venir a Rusia.

 Nota: Óblast es la entidad subnacional (región) que se nombra en países como Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Bulgaria.