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22 may 2014

La apariencia engañosa



 "Las sonrisas de la felicidad sobresalen en aquel centro de atracciones. Observando el lugar de ocio Mankyung-dae. Primera Parte", dicen las letras rojas introductorias de la televisión estatal del país para presentar aquel pequeño mundo cuyos colores hacen creer que están en el bienestar momentáneo que les han tocado a algunos. Salen algunas familias agarradas de las manos rebozados de inmensa alegría con ganas de subir a cada una de las atracciones. Las maquinarias funcionan a la perfección delante de las cámaras y las luces parpadean tanto que contagian inmediatamente el estupor a una pequeña masa de gente esperando en la cola. 

 Y de repente, el factor sorpresa. La apariencia enérgica del joven líder acompañado de sus inseparables camaradas que también se encargan de guardianes personales, causa gritos inesperados de aquellos que acababan de verle por primera vez. Tratan de acercarle pero dicha lotería de que Kim Jong-eun le agarre la mano parece una opción bastante improbable. Aunque para ellos, su presencia ya supone una riqueza personal y empiezan a llorar de su particular felicidad. Y siguen disfrutan de las demás atracciones que faltan por subir. Los extranjeros que acaban de observar la apariencia engañosa no paran de mirar el sitio. ¿Acaso Corea del Norte no estaba muriendo de hambre?

 Y los funcionarios del régimen se apresuran a decir que todo lo que cuentan por "ahí" es mentira. Que los países imperialistas están utilizando la mentira para malherir su país y les invita cordialmente que suba todas las atracciones. La adrenalina empieza a asomar en el interior de sus cuerpos y explota cuando llega al límite. Gritan quizá del vértigo que padecieron durante pocos segundos y los escalofríos restantes aún no han desaparecido de sus músculos. Y regresan al hotel. Sin poder pedir que si podrían ir más allá Pyongyang. Unos cincuenta kilómetros a cualquier dirección para ver si esos sitios también son felices. Los funcionarios dicen que si. Que los habitantes que ni siquiera ellos vieron, son felices. Pero que su petición no podrá ser escuchada. Ante un porque, ellos comienzan a fabricar excusas.  

14 nov 2013

Acostumbrados a la muerte


 Cuando perdieron a sus familiares, e incluso a toda su vecindad por las enfermedades o el hambre, no tuvieron otro remedio que buscarse la vida por los mercados pidiendo por un bol de fideo o arroz hervido. El régimen, para frenar el aumento de los niños de la flor, en vez de socorrer a la inmensa mayoría de la población necesitada de urgencia, ha preferido construir varios campos de concentración para menores. No hay datos oficiales ya que Corea del Norte nunca lo ha facilitado pero con la hambruna de los mediados de los años noventa, miles o decenas de miles de niños han tenido que estar encerrados y obligados a trabajos pesados que incluso los adultos serían incapaces de aguantar durante largas horas. 

 Muy pocos consiguen sobrevivir de aquel infierno. La distribución de la comida es insuficiente. Por ejemplo, le entregan sólo una vez al día una sopa de verduras mezclados con arena o maíz para repartir entre diez personas. Se debilitan rápidamente y cogen enfermedades que pueden evitarse fácilmente. La idea malévola del régimen es facilitar la muerte de aquellos niños inocentes. Cuando la culpa directa lo tienen ellos por no gestionar adecuadamente las exigencias del pueblo. Pero los niños parecen que captan la situación  y empiezan a contar cuando sería el día de su propia desaparición. 

 Es doloroso no poder hacer nada por ellos. Los días pasan y ellos siguen sin saber que tienen dignidad. Recogen piedras que superan el tamaño de sus cabezas y recorren largos caminos tumultuosos. No le quedan más fuerzas. El descanso que le dan no es suficiente. Miran el cielo y desean que el sufrimiento pare. Es doloroso ver que a su escasa edad salgan de sus gargantas que pensar en la muerte es lo más habitual cuando en aquel periodo deberían pensar y disfrutar la importancia de la familia, la amistad o la felicidad.